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jueves, 7 de julio de 2011

Conejito sonriente

Ayer por la tarde, vino a mi cabeza la bella y dulce imagen de un tierno conejito de peluche. Al poco, ya estaba escribiendo este cuento que ahora os voy a relatar. Decir que este cuento, que es el segundo que hago, no es alegre como el primero que hice. Pero ¿acaso los cuentos han de ser siempre alegres?.A veces, la vida puede ser algo injusta.

Aqui sin más, el cuento: Conejito sonriente.

Gracias a Elysa Castro por la ilustración que hizo sobre este cuento (está al final del mismo).




CONEJITO SONRIENTE

Hace años, en una época algo más antigua,  había un conejito de peluche, que adorable estaba sobre el estante, de una antigua tienda de juguetes.
Era un peluche adorable. Apenas medía dos palmos de altura. Tenía largas orejas y coquetos ojillos de negro nácar. Un lacito rosa portaba en su cuello y siempre estaba listo para abrazar. Su pelo era blanco, más blanco que la pura nieve y un tacto suave como la seda.
Conejito, que era así como se llamaba, siempre sonreía. Da igual fuera de día o de noche, hiciera frio o calor, fuera el momento que fuera, Conejito siempre, siempre mostraba su sonrisa.
-¡Clink clink! sonaron las campanillas, de la puerta de entrada a la juguetería.
Entró por la puerta un señor alto, con un bigote grande y poblado. Un abrigo largo de paño gris y un sombrero negro.

-Buenas tardes - dijo el misterioso hombre.
-Buenas tardes caballero- dijo el dueño de la juguetería - ¿Qué se le ofrece?
-Vengo a comprar algo para mi hija pequeña. La verdad es que tengo prisa y no puedo entretenerme mucho, ¿qué podría ofrecerme? - dijo el señor  con desdén, sacudiendo levemente su majestuoso abrigo de paño.
-Déjeme aconsejarle que sea un peluche el regalo elegido. Nunca falla –dijo el dueño con interés- además tengo uno que seguro que será del agrado de su hija- dijo mientras se acercaba al viejo estante de madera, donde estaban los peluches a la venta.

Conejito vio como se acercaba la mano del tendero. Una mano ya vieja y castigada, por los años y duro trabajo. Agarró el peluche con forma de adorable conejito y lo puso sobre el mostrador.

-¿Ve? - dijo el dueño con entusiasmo- Mírelo. ¡Un peluche de calidad!. Costuras bien hechas, tacto suave... ¡y fíjese! hasta un bonito lazo rosa. ¡A su hija le encantará! -dijo el dueño con gesto sonriente, ojos entreabiertos y sonrisa amplia.
- Si si. Está bien - dijo el señor con aspavientos - envuélvalo  y cóbrese.

El dueño de la juguetería, envolvió el peluche delicadamente y le puso un gran lazo rojo al envoltorio. Una vez que el señor pagó por el peluche, éste salio apresurado de la juguetería.

-¡Clink clink! -volvieron a sonar las campanillas de la puerta .- Buena tarde señ.. –dijo el dueño, pero de nada sirvió. El estirado señor, ya había salido por la puerta.

Pasos largos y apresurados eran los del misterioso hombre. Conejito no podía ver nada dentro de su envoltorio. Solo oía voces, murmullo de gente, ruidos, cascos de caballos, sobre fríos adoquines en la calle. Nada podría ver nuestro amiguito Conejito. Solo ruidos y vaivén dentro de su envoltorio.
Al cabo de un buen rato. El vaivén se detuvo. se oían unas voces, que apenas podían distinguirse a través del envoltorio, finamente preparado..
¡Ras! ¡ras! –súbitamente, el envoltorio empezó a rasgarse. Conejito no sabría que  podría haber al otro lado. Unos pequeños deditos, se asomaron entre el envoltorio desmoronándose, hasta que finalmente el envoltorio, dejó paso a la imagen de una niñita, de rubios y rizados cabellos ,atados con sendos lacitos  y una amplia pero pequeña sonrisita.

-¡¡Papá papa!!! ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡es un conejito!!!!!!!!!!!!!- dijo entusiasmada la niñita, cogiendo el peluche con ambas manitas y agitándolo enérgicamente. Conejito, veía todo dar vueltas rápidas, mientras que sus largas orejitas se movían, al son desacompasado y frenético de las manitas, de la pequeña niñita.
- ¡¡Papá!! ¡¡¡gracias!!! - dijo la niñita sonriendo. - Es para ti,  pequeña Julia- dijo el padre sonriente.- Estoy seguro que seréis buenos amigos. Bueno cielo, he de irme. Papá tiene asuntos importantes que atender - dijo el padre de la  pequeña Julia y después de besar su pequeña frente, desapareció tras la gran puerta de madera de la habitación.

La pequeña Julia se sentó en una gran alfombra, cercana a su camita, junto a Conejito. Ella lo sostenía con sus manitas, mientras lo miraba. - Hola señor conejito, yo me llamo Julia y soy una niñita. ¿Quieres que seamos amigos? - dijo Julia con carita sonriente y gesto adorable. Conejito siempre ofrecía su sonrisa, esa sonrisa perpetua e imperecedera de un peluche inanimado.
La pequeña Julia nunca se separaba de su peluchito. Allá donde ella fuera, Conejito, el adorable peluche con forma de conejo, le hacia compañía. Era su amigo, era su confesor de pequeñas fechorías, como aquel día que robó un pequeño trozo de tarta de la cocina, que tan ricamente preparaba la asistenta con buen saber hacer. O aquel día que tirando piedras en el amplio jardín de la mansión, destrozó una de las caras figuras de porcelana que lo adornaban.
También hacia compañía a la pequeña Julia por las noches, cuando, a la luz de un  vetusto candil, velaba por los sueños de la joven niñita, hasta que sus ojillos se cerraban y la oscuridad invadía la estancia de la joven princesita.

Conejito siempre tenia una sonrisa para Julia, incluso cuando lo cogía con las manos sucias de tanto jugar, incluso cuando lo arrastraba por el suelo, incluso cuando le estiraba las orejas, cuando lo zarandeaba contra la pared. Da igual, no importaba. Conejito siempre ofrecería su sonrisa, aunque esa sonrisa, al cabo del tiempo se desgastara.

Pasó un tiempo y Conejito, ya no tenia el mismo aspecto adorable de aquella primera vez. Su pelito ahora estaba muy desgastado. Sus largas orejas arrugadas.
Su lacito rosa en el cuello, ya estaba deshilachado y  en los ojos de nácar de Conejito, se notaba el paso del tiempo y de los arañazos. Pero Julia todavía jugaba con su amigo el señor Conejito como ella lo llamaba.
Un buen día, el padre de Julia regresó a casa con un nuevo regalo.

-¡¡wow!! ¡es adorable y blandito! ¡¡es muy blanditoooo!! ¡bieeeen papá! – dijo sonriente Julia con su nuevo amiguito- ¡¡¡tú serás mi amiguito!!! ¡bieeen!.

La pequeña Julia sonreía. Tenía un nuevo amiguito. Un gran oso de peluche, que su padre le había regalado. El "gigante" señor Oso. Conejito también sonreía. Sonreía cabeza abajo tirado a un lado de la habitación, sucio y desgastado. Sus ojitos de nácar apenas podían reflejar algo. El paso del tiempo y el desgaste sufrido eran ya acusados. Conejito sonreía, en la habitación abandonado.
La pequeña Julia, olvidó al señor Conejito, que ya solo era un mero recuerdo del pasado, del pasado temprano de la pequeña Julia. Pasaron los días y meses. Y las tardes, que antes eran solo propiedad de la pequeña Julia y el señor Conejito, como ella le llamaba, pasaron a ser las tardes de la pequeña Julia y el gran osito.
Una tarde, la asistenta, limpiando la habitación de la pequeña niñita, encontró el  desgastado peluche.

¡Oh vaya! - exclamó dulcemente la asistenta- Aquí está el antiguo peluche de la pequeña Julia. Pobrecito, que sucio está. Lo voy a limpiar. Seguro que así tendrá mejor aspecto - dijo la mujer, que tomando el peluche, salio de la habitación. Cerró la gran puerta de madera.
La asistenta cogió un barreño, lo lleno de agua y jabón y se dispuso a lavar el peluche. Lo hizo con esmero, como solo una buena asistenta podía hacer. Cuando acabó de lavarlo, lo dispuso al Sol para secarlo. Cuando estuvo seco, quitó el viejo lacito rosa y le puso uno  rojo que tenia, en una antigua caja de costura.
En cambio, no encontró repuesto para los ojitos nacarados de Conejito y se quedó con los mismos que ya estaban desgastados.

Pasaron unos meses y Conejito estaba ahora en la habitación de la asistenta. Conejito, seguía preocupado por la pequeña Julia. Hacia ya muchos meses que no la veía, pues no salía, de la habitación de la asistenta. Una sencilla habitación típica, de aquella época. Conejito descansaba sobre un viejo mueble de madera, del cual no se movía, pues no era  costumbre de la asistenta jugar con peluches. Pero aun así, conservó al pequeño conejo de peluche, pensando que tal vez sería de utilidad en algún momento para la pequeña Julia.

Pasaron los meses, un mes detrás de otro y el señor conejito, como le llamaba la pequeña Julia seguía ahí, impasivo y con la siempre e inacabable sonrisa desgastada, a la luz del candil de la habitación. Hasta que un día, apareció la asistenta y lo tomó entre sus manos. Rauda con el peluche, se dirigió a la habitación de la pequeña. Y presta, depositó el peluche en los bracitos de la pequeña Julia.
Conejito se sintió feliz. De nuevo estaba con su amiguita Julia. Pero… algo no marchaba bien. La pequeña Julia estaba muy pálida, sudorosa y su pequeño cuerpecito no dejaba de temblar.
 -Se.. ¿Señor Conejito...? - dijo Julia con un hilo de voz entre una tos interminable.

Julia había enfermado gravemente y estaba tumbada en la cama. El doctor que había  visitado a la pequeña enfermita unos momentos antes, dijo que era una grave enfermedad, que difícilmente podría sanar. Aun así indicó al padre de Julia un medicamento que tal vez  podría funcionar.

- Señor - dijo la asistenta- le he traído a su antiguo peluche. He pensado que seria mejor  reservar el otro más nuevo para más adelante.
-Buena idea - dijo el padre de Julia- Puede retirarse. Yo estaré con ella ahora.

Esa noche, el padre de Julia la pasó a su lado, velando por la pequeña. El señor Conejito hizo lo mismo, siempre sonriente al lado de Julia .

-Yo cuidaré de ti, Julia, no volveremos a separarnos nunca - pensó Conejito mientras con sus ojos nacarados contemplaba el rostro pálido por la enfermedad de la pequeña.

Pasaron las semanas y finalmente, la enfermedad de Julia remitió. El medicamento recomendado por el doctor, funcionó. Cuando Julia se recuperó, salió de la habitación a jugar en el jardín de la mansión con...... el señor Oso. Conejito se quedó sobre la cama, apelotonado sobre las sabanas.

-Recuerde -dijo el padre de Julia a la asistenta - el doctor ha insistido en que, para evitar contagios, hay  que deshacerse, de todo lo que estuvo en contacto con mi pequeña Julia. Sábanas, colchón, almohadas, ropa de dormir.... todo. Recuerde. Todo.

-Si señor, como diga el señor - asintió la asistenta.

Acto seguido, la asistenta entró en la habitación de Julia y recogió todas las sabanas, ropa de dormir y la almohada de la cama – El colchón ya lo moveré con la ayuda de las demás asistentas. – dijo.

En el jardín había un pequeño horno de oscuros ladrillos, con una chimenea, donde se quemaba la hojarasca del jardín, pues grandes árboles, lo adornaban, y tal era la cantidad de hojas que caían, que debían quemarlas.
La asistenta abrió el portón de hierro colado y pintado de negro. ¡ñiaaaaaaaa! sonó chirriosa al abrirse. Acto seguido, echó unos tocones de madera al interior y les prendió fuego. Cuando las llamas eran ya vivas devoradoras de madera, empezó a echar las sabanas, la ropa, la almohada....

Conejito empezó a ver humo, y las sabanas que antes fueron blancas, se ennegrecieron y súbitamente fueron devoradas por las llamas, el crepitar de la madera y el fuego retumbaba en sus  largas orejas. Calor y calor, llamas y llamas que pronto le envolvieron en mortal abrazo.

Humo negro salía por la chimenea...

-La la laaaa... ¡Señor Osito! ¡siempre seremos amigos! - decía la pequeña Julia mientras jugaba en el jardín, ajena a todo. Aunque por un instante, un recuerdo fugaz vino a la mente y un pálpito agitó su pequeño corazón:
-¿Conejito? ¿señor Conejito?- dijo en voz baja la pequeña Julia con ojos abiertos y redondos, como bien podría ser redonda la luna llena. Mientras, el señor Conejito desaparecía inexorable, pasto de voraces llamas.

Pero, ni tan siquiera en ese momento. En ese momento, que su adorable cuerpecito era chamuscado y reducido a la nada, y ese lacito rojo y su adorable pelito blanco, se tornaba negro azabache. Ni tan siquiera así, dejo de sonreír.


-Julia está bien. Ya se recuperó. Soy… feliz. Siempre seremos amiguitos Julia. No importa lo que pase. No importa que ría. No importa que llore. Siempre Julia, yo siempre, siempre sonreiré para ti, siempre… - dijo Conejito  con sus últimas palabras, hasta que, entre las llamas... para siempre y por siempre se perdió.

A la mañana siguiente... solo restos humeantes... solo negro tizón... solo un ojito de nácar deformado, fue testigo mudo, de que una vez, lindo Conejito existió.

Fue eso, todo lo que quedó.

- Siempre sonreiré Julia... siempre para ti…


Fin


Trovando al vacío. 06-07-2011
hora: 21:30 h

Conejito Sonriente. Ilustración de Elysa Castro.

domingo, 26 de junio de 2011

Dulce Princesita. Mi primer cuento infantil.

Bueno, como os he comentado en la anterior entrada, he aqui mi primer cuento infantil escrito dedicado. La inspiración puede venir de varias formas. Hasta la fecha, siempre ha sido en forma de poemas, pero ahora, a saber porqué, ha venido en forma de bonito cuento infantil. Espero que os guste o al menos, os haga pasar un rato entretenido y que consiga evadiros, por un momento, de la agetreada vida mundana y quizá con suerte, despierte un poco esa parte infantil de nuestro ser.

Sin mas, aqui teneis el cuento: Dulce Princesita.

Agradecimientos a Elysa Castro por su ilustración sobre este cuento (está al final del mismo).



DULCE PRINCESITA


Había una vez una princesita llamada Dulce Princesita que vivía en un bello y lejano reino.

Esta princesita era muy alegre y jovial. Gustaba de dar paseítos en su jardín, un lindo jardín de bellas flores que parecían saludarla cada mañana, meciendo sus bellos pétalos, al son del tímido aire que a veces soplaba. Dulce princesita nunca perdía la sonrisa, corría de acá para allá con su alegre risilla.

Soleada era la mañana, cuando Dulce Princesita abrió sus lindos ojillos. Su habitación llena de peluchitos la miraban con miraditas tiernas.


-Hola señores peluches  - decía Dulce Princesita- yo he dormido muyyyyyyy bieeeen. ¿Y vosotros?


Como cada mañana se sentó en su sillita de madera junto a una mesita también de madera finamente labrada. Dulce Princesita le gustaba los pastelitos de fresa y nata que tan deliciosos estaban.


-¡Mmmmm.. fresitaaaa!. ¡Le gusta a Dulce Princesita y a su tripita! - decía jovial y dulce.


Dulce princesita  salió a su jardín, donde tantas y tantas tardes jugaba y correteaba. Un bello jardín repleto de plantas y flores. Realmente era un bello jardín. Pero esa tarde Dulce Princesita se dio cuenta, de que algo no iba bien. Las florecitas que siempre la saludaban, permanecían mudas, cabizbajas y con lagrimitas que se escurrían por los pétalos hacia la tierra. Y el señor Sol, como ella lo llamaba, no estaba esa tarde para acompañarla.


- ¡Uy!, estáis tristes florecillas - dijo la princesita. -¿Y esas lagrimitas?.

-Estamos tristes Dulce Princesita - dijeron las flores - porque don Sol no ha querido jugar con nosotras.. y estamos muy tristes.. por eso nos salen lagrimitas.

Dulce Princesita puso carita triste y pregunto: -¿Y por qué el señor Sol no quiere venir a jugar con nosotras?

-No lo se..- dijeron las flores- el otro día don Sol tenía lagrimitas y no nos decía nada.

_No se.. no se... - dijo Dulce Princesita- ¿Y si se lo pregunto? A lo mejor quiere decirme que le pasa - dijo la princesita, con una sonrisa amplia y ojillos entornados. - Yo.. ¡yo se lo preguntaré! - afirmó de nuevo mientras asentía moviendo su simpático pelito negro.  Dulce princesita era muy pequeñita y muy adorable y cuando sonreía, nada mas adorable haber podría.

- Vale vale... - dijeron las florecitas - Don Sol vive tras esa montaña - señaló una de las flores con sus pétalos.

-La.. la la laaaa.. voy a ver al señor Sol... a ver a ver.. que le duele en el corazón...la la la laaa..


Así canturreando, Dulce Princesita marchó dando cortos saltitos camino hacia la montaña, donde el señor Sol se escondía cada noche para descansar. Con cada saltito su lindo vestidito de princesita, se movía en dulce vaivén.

En el camino rodeado de grandes arbolitos y hierba, divisó un pequeño caracol, que marchaba por el camino, a toda velocidad. A toda velocidad que podía darle su concha. Es pues que apenas levantaba polvo en el camino.
Dulce princesita se acercó al caracol:


- ¡hola señor caracol! - dijo con voz súbita y alegre-. ¿Dónde va usted tan deprisa? - ojillos entornados y sonrisa dulce en el dulce rostro de Dulce Princesita.

- Llevo muuuuucha prisa ¡uf uf!- decía el señor caracol con deslizar apresurado sobre el camino - tengo que ver al Sol.

-Yo también voy a ver al señor Sol. Es que las florecitas de mi jardincito se pusieron tristes y yo quiero que sonrían y que muevan sus petalitos y que cantemos cancioncitas alegres y yo jugar con ellas todo el día - decía la princesita con esa bella sonrisa que jamás la abandonaba.

- Yo necesito que el Sol salga por las mañanas, porque si no, las plantitas no hacen hojas, y si no hacen hojas me da hambre y si me da hambre .. pues... ¿que lio verdad?- decía el caracol con ojos abiertos y gesto preocupante.

- Así que hacia la montaña voy. - dijo el señor caracol reanudando de nuevo su rápida marcha.

-¿Y si vamos juntitos señor caracol? - añadió Dulce Princesita—Así podemos ir los dos juntitos.

-Bueeeeno.. no veo porqué no - dijo el señor caracol pensativo - pero tendrás que ir a mi rápido ritmo.

-¡Vale! - asintió la princesita con carita dulce y linda. Y echó a andar detrás del acelerado caracol.


Así ambos continuaron su camino. Un caracol que corría y una princesita que lo seguía sonriente, con pasitos cortos y saltitos adorables.

Finalmente, el señor caracol y Dulce Princesita, llegaron a la montaña donde oculto estaba el Sol. Un Sol ahora apagado y triste que apenas se dio cuenta de que una princesita y un caracol le observaban.


- ¿Quienes sois vosotros? ¿qué hacéis aquí? - pregunto triste y desolado el Sol.

- ¡¡Yo soy Dulce Princesita y me gusta los pastelitos de fresa y nata!! -dijo enérgica y sonriente.

- Yo soy un caracol de carreras - dijo en tono orgulloso y solemne - hemos venido a ver que te pasa Sol.

- ¡¡Si si, eso eso!!. Es que hoy esta tarde, he salido a jugar con las florecitas y no estabas. Y a mi me gusta mucho las florecitas y a las florecitas les gusta tu lucecita - dijo la princesita, refiriéndose a la majestuosa luz del Sol, que bañaba día y tarde, el lejano y bello reino.


El Sol echó una mirada larga a los dos y suspiró. Un largo suspiro, que se escuchó en toda la montaña.

-Estoy triste porque apenas puedo ver a mi amiga la Luna - dijo con tono apenado. - Siempre intento verla pero, cuando yo me despierto, ella se ha ido y nunca, nunca puedo entontrarla. ¡Y me gustaría tanto.. tanto poder verla! - dijo el Sol y rompió a llorar.

Caracol y princesita miraban como el majestuoso Sol se derrumbaba.


 - Señor caracol - dijo- ¿qué podemos hacer? Me da mucha penita que el señor Sol tenga lagrimitas y no pueda ver a su amiguita la Luna. ¿Qué podemos hacer?.... joooo... - dijo Dulce princesita esta vez, con la carita tristona y preocupada.

El caracol pensaba y pensaba. Sus ojos iban de arriba a abajo pensando y pensando que podría hacer. El Sol seguía llorando.


-¡Eureka!- exclamó el señor caracol.- Se de alguien que nos podría ayudar, además: me debe un favor ¡jejeje!.

El caracol se acordó y dijo - Espérame aquí Dulce Princesita, voy a toda velocidad a hablar con un amigo que nos podrá ayudar- dijo el caracol y quiso marchar a toda velocidad.

-Pero.. señor caracol.... ¿no cree que está ya muy cansado de correr? - dijo Dulce Princesita  con el gesto sonriente, sabiendo del lento marchar del caracol- ¿Y si voy con usted y me dice donde encontrar a su amiguito? Así usted podría descansar y yo le acompañaría.

-Bueeeeno.... bien pensado.... Si. ¡Tengo que reservar mis fuerzas para las carreras importantes! - dijo airoso el  señor caracol.- Te dejaré que me lleves.

-¡Bieeeeeeeeeeeeeeeeeeeen! - dijo Dulce Princesita y tomando entre las manos suavemente al caracol y una sonrisa como joya prendida, marchó dando rápidos pasitos con sus cortas piernecitas y pequeños piececitos, hacia donde estaba el amigo del señor caracol.

Mientras... el Sol.. les observaba alejarse y volvió a llorar. - ¡¡Luna!.. mi amiga Luna!!!  - dijo con voz triste.


El señor caracol y Dulce Princesita marcharon a toda prisa buscando al amiguito del señor caracol.
- ¡Corre más rápido princesita! ¡Es por aquí , por aquí! ¡uf uf! - decía el caracol, como si fuera él mismo quien  estaba corriendo.

-¡Siiiiiiiiiiiiiiiii! - decía Dulce Princesita que además de correr, lo hacía dando saltitos, como solo ella podía hacer.


Finalmente, llegaron a una granja. En ella habían muuuuchos animalitos. Patitos, cerditos, vaquitas, gallinitas, caballitos y... un gallo.

Este gallo se llamaba Tomasín. Era un gallo orgulloso. Sabía que tenía la enorme responsabilidad, de marcar el inicio del nuevo día en la granja. Su trabajo pues era muy importante.


-¡Hey señor caracol!- dijo el gallo Tomasín al ver como se acercaba él y Dulce Princesita.- ¡Cuanto tiempo sin verte! ¿qué haces por aquí en la granja? ¡Pensaba que ya solo hacías carreras!. Y... ¿quien ese esa amiguita? - dijo el gallo Tomasin, ladeando la cabeza mientras miraba curioso a la princesita.

- ¡Yo soy Dulce Princesita!. ¡Y me gusta los pastelitos de fresa con nata!. ¡Y las florecitas y el señor caracol!. ¡Y también el señor Sol! - dijo sonriente.- pero ahora... el señor Sol está triste- añadió mientras su carita se puso tristona.

- ¡Vaya por dios! - exclamó el gallo Tomasín. Ya decía yo que faltaba algo. No es normal que ya sea de noche. Y.. - prosiguió el gallo- ¿por qué no quiere salir el Sol?.

- Es que está triste porque no puede ver a su amiguita la Luna y dice que le gustaría verla- dijo Dulce Princesita mirando a los ojos del orgulloso gallo.

-Bueeeno. Yo le digo al Sol cuando puede salir ya que le despierto con mi canto. ¡Kikiriki! Y siempre canto a la misma hora. ¡Ni antes ni después! Así es mi gran trabajo - Sentenció el gallo Tomasin agitando sus plumas y moviendo majestuoso las patas.


El señor caracol se quedó mirándole y dijo:

-¿Y si cantarás un poco antes, para que el Sol se despertara y pudiera ver a su amiga la Luna?
-¡¡Imposible!!- Sentenció el gallo-  ¡Ni antes ni después! ¡Jamás! El Sol saldrá a su hora ¡y nada más!.


Entonces, el caracol quiso descender y Dulce Princesita lo posó suavemente en tierra. Acto seguido, se acercó al gallo mientras que con una mirada traviesa le dijo:


-¿Recuerdas aquella vez, en la otra granja, cuando el humano quiso comerte? - dijo el caracol- ¿Recuerdas que cuando cogió el afilado cuchillo yo estaba encima del mismo y que el humano, al quedarse sorprendido de verme, no se dio cuenta de que te marchaste?. ¿Acaso ya no lo recuerdas?- dijo ahora el caracol con voz seria - De no ser por mí, ahora estarías en la tripa de ese humano malvado.


El gallo Tomasin reflejó sorpresa y recuerdo con ojos y pico abiertos.

-¡Tienes razón! De no ser por ti, ahora no podría cacarear y pasear mis plumas majestuosas y ser el rey de esta granja - dijo Tomasin. Y finalmente entrando en razón dijo: - está bien te debo un favor. ¿Qué puedo hacer para devolvértelo?

-Quiero que despiertes al Sol antes de la hora, para que así pueda ver a su amiguita la Luna.

-Eso es algo.... algo.....  - dijo el gallo Tomasin con duda - .. algo... bueno.. vale. Lo haré pero.. - añadió- no podré hacerlo muchas veces. En realidad muy poquitas. Pero lo haré. ¿Vale?.

-¡¡Bieeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeen bieeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeen!!. ¡¡¡El señor Soooooooooooooooool podrá ver a su amiguita!!! ¡¡Yupiii!! ¡¡Wiiiiii!! - dijo Dulce Princesita con saltitos adorables y adorable sonrisita.

Y así fue como Dulce Princesita y el señor caracol, convencieron al gallo Tomasín, de que en ocasiones, cantara antes de la hora de siempre. Así de este modo, el Sol pudo ver en algunas veces a su amiga la Luna. Y así de nuevo, el Sol volvió a iluminar radiante, el lejano y bello reino de Dulce Princesita, que volvía a jugar alegre de nuevo, con alegres flores, vestida como siempre, con su vestidito de princesa y su linda y bella sonrisa.

FIN


Trovando al vacío 24/06/2011 
hora: 19:08 h 

Ilustración de Elysa Castro del cuento Dulce Princesita.